Una
vez estaba en Francia y estaba a punto de dictar un seminario. Al lado mío una
pareja de dos hombres y una mujer. Los tres hablaban de sus cosas, pero note
que uno de ellos tenía un discurso fluido y suelto, mientras que el segundo
buscaba imitar al primero. Empece a sonreír porque había comprendido de
inmediato la situación.
El
problema consistía en el hecho de que el primero era un creativo, mientras que
el segundo era su imitador.
La
creatividad es una cualidad innata. Existe o no existe. Ciertamente, es posible
seguir caminos que ayudan a desarrollar la fantasía, pero no serán nunca como
los poseedores de la creatividad desde el nacimiento.
Esa
es una virtud que emana pensamientos y emociones fuera de la “norma” lo saben
bien los creativos, personas que visten un poco extraño, un poco cerradas en sí
mismas, un poco extravagantes.
Naturalmente,
existen también creativos muy sociables, y en general buscados por sus ideas
por un montón de amigos.
Intentar
imitar a un creativo es tiempo perdido, la imitación resultaría una pésima copia
del verdadero creativo. El creativo siempre tiene ideas, las pone en práctica,
las comparte, las difunde, cosa que quién lo imita no lo sabría hacer.
Me
ha pasado más de una vez observar como alguno se ha acercado a imitar un
creativo. La impresión era de compasión
al ver esas personas buscar hacer algo que no era de su competencia.
El
creativo captura sus propias ideas del Espíritu, mediante la observación de los
fenómenos naturales. A diferencia, el
imitador busca de reproducir aquello que ha visto hacer y en general lo hace “mal”.
Incluso
algunas frases dichas por un creativo pueden ser repetidas por el imitador,
buscando de esta forma aparentar aquello que no es. Pero no se da cuenta de la
pobre imagen que da.
Imagínate
ver la “Mona Lisa” pintada por un pintor y que toma el cuadro como suyo. Quizás
cambiando algunos de los elementos que ha puesto Da Vinci. Por supuesto que
sabe pintar, podrá incluso ser un gran imitador, pero la idea que cuenta ¡no es
suya!
Ahora
imagínate de observar una persona que busca imitar un comportamiento, parece falsa, distorsionada. Pero no todos se dan cuenta, sobre todo
aquellos que no han visto al verdadero autor.
En
la música existen canciones copiadas de tal modo que pueden parecer distintas
del autor que las ha escrito, pero un atento oído musical no se deja engañar
por el plagio.
Un
comportamiento exageradamente dulce, amable, conciliador, podría ser la copia
de otro, que al contrario, en ciertos momentos puede resultar duro o severo. Claro
que podría gustar mas el segundo, pero un análisis cuidadoso sobre esta persona
que fuera por ejemplo, un maestro, de eso no se aprendería nada porque su indulgencia
esconde un no saber. Se podría aceptar su indulgencia y gentileza, pero no una
conciencia auténtica, no una conciencia abierta y no una conciencia del ser
adquirida.
Prueba
imaginar una persona que habla en público con soltura, seguridad, competencia y
luego observa a su imitador, notarás la diferencia. La torpeza en el hablar, las expresiones
verbales, los movimientos mismos.
¿Conoces
a alguien que busca imitarte? Obsérvalo y sonríe.
No
te preocupes si alguno busca imitarte, ni siquiera hincharía tu ego. Si tú eres
un creativo, lo eres de nacimiento y ninguno en el mundo podrá jamás imitarte o
parecerse a ti.
¿Has
visto imitadores, a parte de aquellos divertidos de la TV? Si te sucede de observar sus expresiones
cuando hablan de alguna cosa de aquello que dicen ser expertos y luego le hacen
preguntas relativas a otro tema. Los verás cambiar de expresión, el modo de
expresarse, y muchas cosas más. Verás realmente como son cuando no imitan a
alguno que piensan es superior o que incluso envidian.
Pero
no te asombres, el mundo está dividido en dos categorías: Los creativos, y los
imitadores de los creativos.
A
veces me ha pasado de dar tareas a algunas personas, sin darles indicaciones
sobre cómo hacerlo. Los creativos lo hicieron muy bien, mientras que los
imitadores se limitaron a tomar ideas obsoletas y anticuadas.
¿Existe
una solución?
¡Si¡
ser uno mismo. Con todo el corazón, con la justa sensibilidad, con la modestia
necesaria.
Sólo así serás apreciado.
Años
atrás viene a mí un joven de 30 años, que quería expandir el negocio familiar,
pero no sabía cómo hacerlo. Aquello que había
hecho era solamente aconsejarse de una empresa experta. Sin embargo, dado el costo, prefirió hacerlo
solo. Cuando vino a mí, la empresa familiar, gracias a los errores cometidos
por el joven, estaba casi en la quiebra. ¿Por qué? Porque había buscado imitar
al padre sin tener el carisma, la capacidad de ser emprendedor, y de comunicar
con los empleados y operarios. Adoptó la
solución obvia. Dejar nuevamente a su padre la dirección de la empresa. Seis
meses después, la empresa estaba en pleno auge, de nuevo. La creatividad y las habilidades habían vuelto
a la persona justa.
Y
a propósito de habilidades, a menudo los imitadores no tienen ninguna habilidad
de quien imitan, solo los aspectos exteriores.
O sea aquellos imitables. La habilidad
no es posible imitarla, se debe conquistar. Se logra “haciendo”. Ensayo y error
son infaltables pasajes para que tengan lugar, pero sin estos pasajes, ninguno podrá
nunca decir de ser competente en alguna cosa que solo ha visto hacer.
Este
artículo quiere ser una indicación para aquellos que quieren ponerse en “la
justa”.
Deseando haberles dado alguna idea.
Os
saludo
Pablo O. París

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