En 1992 fui a México, específicamente a Ciudad de México,
donde tenía un “contacto” con los Bailarines Sagrados, me dijeron, que podrían ayudarme
a encontrar a Carlos Castaneda. Fuimos con otras tres personas pero en la dirección
de los “Bailarines Sagrados” ¡nadie vivía!
Vagamos un poco por la ciudad apreciando su vivacidad, las
plazas, el mariachi. Después decidimos ir a Los Ángeles, con otro “contacto”,
pero también con resultado falso. En cualquier
caso, corrí la voz de que lo estaba buscando.
Antes de partir a Los Ángeles, fuimos a visitar las
Pirámides del Sol y de la Luna. Cuando el metro se paró en la terminal, mis
tres amigos estaban un poco mas adelantados que yo. Y mientras buscaba alcanzarlos me di
cuenta de un caballero, vestido con jeans y chaqueta iguales. Tuve la
“sensación” de que era Castaneda. El hombre se dirigía con la mirada hacia el
fondo, pero cuando estuvo a un metro de mi me miró y sonrió. Inmediatamente llame a mis amigos, pero no me
escucharon, me giré para pararlo, pero aquel hombre había desaparecido. Probablemente salió del subterráneo del
metro.
En los Ángeles conocimos diversas personas que decían cosas
sobre Castaneda, pero ninguno se comprometía seriamente a hacérmelo conocer.
Una mañana, acompañamos a una amiga al aeropuerto porque
quería visitar San francisco. Los otros dos, después de haberme acompañado a la pensión donde vivíamos, se
fueron a buscar partituras y discos porque eran músicos. Mientras estaba solo
en la habitación me llamo por el teléfono interno la administradora de la
pensión, diciéndome que una persona quería hablar conmigo. Pensaba que era alguno de mis dos amigos, que
había dejado su coche de alquiler y pensé que necesitaba algo, pero no, la voz
dijo simplemente “Soy Carlos Castaneda”, estoy en el bar, en la esquina de la
Cahuenga si vienes dentro de diez minutos podemos hablar un poco.
¡Ahí estuve en cinco! Castaneda estaba sentado fuera del
bar. Lo reconocí porque era justo la persona que había visto en la estación del
metro en Ciudad de México. Me sonrió y me dijo que había esperado que estuviera
solo para hablar libremente sin tener testigos de nuestro encuentro.
Hablamos durante dos horas. Los argumentos fueron varios,
pero todos dirigidos al modo de acercar al ser humano al Espíritu. Notamos las
diferencias entre las dos tradiciones, la Tolteca y la Esenia, y las
semejanzas. Me animó a continuar mi
trabajo y me dio algunas indicaciones para introducir en la escuela. Cosa que
he hecho un par de años después.
Volví a ver a Castaneda durante un seminario de
trensegridad, nos saludamos pero no tuvimos ocasión de hablar porque había
venido exclusivamente para hacer una conferencia, pero en realidad tenía
cuatro, todas sobre la relación con Don Juan.
Os prometo que hablaré de cuanto nos hemos dicho en un
próximo artículo. Por ahora tened
paciencia.
Un saludo.
Pablo o. París.

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