En el mundo ilusorio en el que vivimos, podemos ver algunas
cosas que a veces se nos escapan. Una de
ellas es la armonía de la forma.
Todo aquello que percibimos es forma, desde el pensamiento
hasta una casa, desde una emoción hasta un jet, desde un pedazo de pan hasta un
automóvil.
Es este contexto, sin embargo, no me refiero a la forma, en
cuanto a sustancia, que puede gustar porque es “armónica” en su materia, sino a
una forma de estar en armonía con la propia forma.
La forma es por sí misma “armónica” cualquiera que sea, pero
el estar en armonía con ella es un discurso más complejo
.
Imagina el estar
cómodamente sentado en una silla, si estas realmente cómodo puedes apreciar la armonía
de la silla, pero si te sientes incomodo no, sin embargo otros, en la misma
silla se sienten comodísimos.
¿Qué es lo que cambia? Nuestro estado. Que podría ser el
estado de ánimo o aquel físico, de hecho si se siente incómodo algo va mal y
entonces se debe buscar y comprender qué es.
Ahora imagina escuchar una pieza musical. También en este
caso la “forma” de la pieza es idéntica para todos, pero a algunos les gustara
más y a otros menos y a otros no les gustara nada.
Si consideramos que la “forma” es solo una modalidad
presente en el mundo material aquí viene en ayuda la conciencia. Ella nos guía
hacia el placer o al desagrado. Y tal vez podríamos intentar corregir nuestro
“sentir”, pero: ¿Por qué hacerlo? siempre es posible elegir aquello que nos
ofrece el mejor estado.

